AnaLis
Blog

1# Pasión

AnaLis
24 septiembre, 2025

Desde que tengo uso de razón he soñado con conocer a mi príncipe azul. Fantaseé con conocerle, cómo nos querríamos, qué haríamos juntos. Me pasaba horas dibujando, haciendo modelos de fiesta, jugando a tener mi propia marca de vestidos de fiesta, disfrazando a mi hermano que hacía de clienta. ¿Cómo será estar juntos cuando sea mayor? ¿Nos irá bien? ¿Seremos felices? Pero fuera como fuera, nada me hacía más ilusión que saber que algún día lo encontraría y “seríamos felices y comeríamos perdices”.

Conocí a ese novio tan especial cuando empecé a mirar revistas de moda, cuando acompañaba a mi madre a las modistas para hacerse sus trajes a medida y yo me llevaba retales y botones a casa. Era divertido, encantador, hasta un poco loco, me daba todo lo que yo siempre había soñado y llenaba mi corazón.

Sin embargo, con el tiempo otro chico se cruzó en mi camino. Un chico más formalito y serio, con las ideas más estructuradas y con un futuro prometedor. Él me introdujo en los lenguajes de programación, que si Logo por aquí, que si Basic por allí. Todo estaba perfectamente programado, no había espacio para sobresaltos ni improvisaciones.

Los dos chicos me rondaban, los dos querían de mí que tomara una decisión. Quédate conmigo, me decía uno. Conmigo estarás mejor, me decía el otro. Lo pensé mucho. Sopesé los pros y los contras. Con uno sería muy feliz, era lo que siempre había soñado, “pero no sabrá mantenerme, me moriré de hambre, ¿y si deja de gustarme vivir esa vida loca con él? ¿y si me canso de sus altibajos?”, me decía yo para mis adentros. “¿Cariño, estás segura de que tiene una profesión de verdad? no es una ingeniería, sólo es un artista”, me decían en casa. Con el otro todo parecía más estable, ¡con una profesión de futuro! Seguro que todo te va bien, no pasarás nunca penurias, es un chico muy formal, y tendrá trabajo seguro.

La razón ganó al corazón y decidí embarcarme en una relación amorosa de siete años. No todo fue de color de rosa. Tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero al cabo de esos siete años, nos casamos y para siempre! ¿Y que fue del otro novio? Lo traicioné. Le rompí el corazón y una parte de mi murió para siempre. Dejé de ver revistas de moda, dejé de ir con mi madre a las modistas, dejé de dibujar y dejé de soñar con vestir de fiesta a futuras clientas.

Efectivamente mi vida fue muy cómoda, no hubo penurias, todo muy formalito y muy planificado, todo muy previsible… todo muy gris. Durante diez años de matrimonio viví esa vida de rutina, cada día era igual al anterior. Si acaso lo salvaban la familia y los amigos. El tiempo con ellos fue lo mejor. Conocí gente que caló muy hondo en mi corazón, con los que compartí mucho… todo, y tuve dos hijos maravillosos. Aprendí muchísimas cosas útiles a su lado. Pero no era suficiente, no debía ser suficiente.

Un día un pequeño detalle, un vago recuerdo de mi infancia… encendió un clic en mi cabeza, “¿qué habrá sido de aquel otro chico que me gustaba tanto? ¿seguirá soltero? ¿qué habría sido de mi vida si me hubiera atrevido a seguir a mi corazón y lo hubiera elegido a él? ¿sería más feliz, aunque con menos dinero? ¿estaríamos juntos? ¿cómo sería mi vida con él?”

Comencé a fantasear con volver a cruzármelo un día por casualidad. Quizás el destino exista y nos volvamos a encontrar, pensaba. Si me lo encuentro como quien no quiere la cosa, volveré a hablar con él, volveremos a ser amigos… eso no es infidelidad, ¿verdad?. Pero yo no creo que el destino trabaje solo sino que hay que ayudarlo un poco. Un empujoncito nada más. Y empecé a indagar dónde vivía, por donde se movía, qué tipo de vida llevaba. Si tenía que cruzármelo algún día, sería más probable si me paseaba por donde vivía, ¿no?… eso no es infidelidad, ¿verdad?

Y un día lo ví de lejos… y juro que mi corazón me dio un vuelco. No pensé que todavía lo amaba tanto. No fui consciente de cuanto lo había echado de menos hasta que lo volví a ver. Y juré que algún día, volveríamos a estar juntos y esta vez para siempre. Juré que, tardase lo que tardase, volvería a ser feliz con él.

Se encendió una llama de esperanza que rasgó mi mundo gris. Hoy me maquillo un poco, mañana me arreglo un poco más… ¿y si vuelvo a verle? Quiero que me vea bien guapa… que se vuelva a enamorar de mi. Que sepa que la niña que llevaba dentro no se ha ido nunca, la niña que fantaseaba con conocerle.

Con mi actual marido las cosas no iban bien. Demasiado previsible, demasiada rutina, demasiado planificado todo. No me hacía feliz y creo que a su manera lo intuía. Dejó de intentar deslumbrarme con sus altos conocimientos, dejó de interesarme lo que decía y hacía. Era una relación condenada al fracaso. Un día seguía al otro y pasábamos días en los que ni siquiera nos besábamos. Ni un buenos días, ni un ¿qué tal cariño, cómo te ha ido el día?. Nada. El amor que nos teníamos se había acabado.

El ambiente entre nosotros se enrareció. Él desconfiaba de mi. Igual sospechaba algo, no lo sé. Quizás no disimulaba tan bien como creía y se vislumbraba mi indiferencia. Quizás él sabía mejor que yo que esta relación ya no nos llevaba a ningún lugar. Y un día, sin previo aviso, me plantó delante de la cara los papeles del divorcio. “Hasta aquí hemos llegado. Ya no te brillan los ojos cuando me miras, ya no te pones guapa para mi. Sé que piensas en otro. No quiero volver a verte jamás”. No me quedó más remedio que firmar. “¿Ahora me dejas? ¿cuando más te necesito? ¿ahora que estoy embarazada de nuestro segundo hijo?” le eché en cara, pero no hubo piedad.

El juicio del divorcio fue largo, tortuoso y psicológicamente agotador. Lo veía al otro lado de la sala y no lo reconocía. Su cara era fría e impasible, sus palabras “No quiero volver a verte jamás” seguían en mi cabeza. Era el fin de verdad y ahora me daba cuenta. Hasta ahora todo parecía haber sido un juego inocente, al fin y al cabo, pensar en otro no es infidelidad, ¿verdad?

No salí tan mal parada del juicio. Después de todo fueron 10 años de convivencia. No me quedó tan mala pensión. Al principio me hundí en la miseria, ¿qué haría yo sin él y con dos niños tan pequeños, uno de los cuales ni siquiera había nacido? ¿qué sería de mí y de mi futuro? Estoy convencida de que en esos meses de ruptura me salió mi primera cana. Aunque mi matrimonio hubiera sido un fracaso, 10 años son muchos para no tener recuerdos bonitos y a ellos me aferraba. Pero la vida poco a poco se abre camino, y por fin era libre para buscarle, para encontrarle y declararle mi amor.

Esta vez no lo pensé tanto, no lo planifiqué. No quise ser organizada ni previsible. Ni pros ni contras. Me lancé a la piscina. Averigüé donde vivía, qué horarios hacía, cómo llegar hasta su casa, cuando podría encontrarlo… todo. No tardé mucho y lo abordé. Su cara de sorpresa al verme fue mayúscula. Sus facciones no habían cambiado mucho, estaba casi igual, quizás había más madurez y sabiduría en su cara y en su manera de hablar. Pero se alegró de verme. Él también me había estado esperando. Nunca me había olvidado y tenía la esperanza de cruzarse algún día en mi camino y decirme lo mucho que había significado para él. No estaba del todo libre, tuvo que reconocer, iba con unas y con otras, sin compromiso, eso sí. Pero yo sabía que cuando volviese a estar conmigo lo dejaría todo por mí.

Volvimos a vernos, a entablar amistad, siempre con la esperanza de reconquistarlo y él de dejarse querer. Así que a los dos meses de tener a mi segundo hijo, ni corta ni perezosa le declaré mi amor y mis intenciones de conquistarle. Él se dejaba querer. Fueron 4 años de intenso amor. Se lo dí todo, me entregué en cuerpo y alma, tuve que sacrificar tiempo de mi familia y mis amigos para estar con él. Casi no dormía, casi no tenía vida social. Pero nunca fui tan feliz. Y él se dejaba querer.

Después de 4 años de conquista al fin un gran paso. Me dijo que sí. “Si de verdad quieres estar conmigo, yo quiero intentarlo. Soy muy feliz contigo y creo que tú también lo eres a mi lado”. Lo celebramos con una gran fiesta, rodeada de todos nuestros seres queridos, en el Convent de Sant Agustí. Qué feliz era!, por fin mi mente y mi corazón estaban de acuerdo en algo.

Y a pesar de los altibajos, a pesar de los momentos duros que sé que la vida nos va a deparar, a pesar de que vamos a tener que trabajar mucho para “ganarnos la vida”, a pesar de las dificultades, me mantiene viva el saber que siempre vamos a estar juntos, que voy a disfrutar como con nadie y que “seremos felices y comeremos perdices”.

¡¡GRACIAS “MODA” POR SER MI GRAN AMOR!!