9# Perdidos en la montaña

Hace más de dos años que salimos de expedición. Para entonces todo parecía muy fácil. “Simplemente” era atravesar toda la cordillera de montañas. Montañas que aparentemente eran sencillas de realizar. Sí, habrían subidas, bajadas, llanos… habría de todo. Y aparentemente estábamos sobradamente cualificados para realizarlo… y más si lo hacíamos juntos.
Hace más de dos años, pactamos el cuando, pactamos el cómo e incluso el porqué. Llenamos nuestras mochilas de víveres. Con todo lo necesario. Todo lo que pudiéramos necesitar para este viaje que no se preveía arduo ni complicado. Al menos eso creía yo. Partimos muy ilusionados, con muchas ganas de empezar la aventura. Y sobretodo, muchas ganas de llegar al otro lado donde nos esperaba la gran recompensa.
Pero la montaña te pone a prueba. La montaña esculpe a las mentes débiles y las erosiona. Hay que tener una mentalidad muy fuerte para sobrevivirle. Y en eso, siempre hemos sido muy diferentes.
Tú con una mentalidad de titán, constante, estable, midiendo las fuerzas, caminando siempre al mismo ritmo, disfrutando del paisaje pero sin pararte a contemplar los detalles del camino ni analizar qué te provocaba en el ánimo tal o cual suceso, o tal o cual flor ya fuera buena o mala que se cruzara con nosotros. Focalizado en hacer un paso tras otro siempre rumbo a la meta final.
Que poco nos parecemos. Ahora veo que elegiste mal la compañera de viaje. Después de más de dos años, ya ni recuerdo por qué me elegiste a mi. Ya ni recuerdo qué aporto a la expedición. Y hace tiempo que has dejado de recordármelo cada vez que te interrogo al respecto. Hace tiempo que me he perdido en esta cordillera. Hace tiempo que no sé quien soy, y si realmente esta era la cordillera que yo quería atravesar.
Juro que empecé muy animada y muy convencida, dando un paso tras otro, y de vez en cuando mirando a lo lejos para no perder el rumbo, como tú me enseñaste. Pero mientras para ti, un tropiezo en una piedra sólo era un obstáculo más en el camino, para mi era motivo para pararme, mirarme el pie dolorido, lamentarme por mi mala suerte, mirar a lo lejos y desanimarme por ver cuánto camino faltaba aun por recorrer.
Recuerdo que yo era una persona alegre, vital, apasionada, intensa con una gran conversación y respuestas ágiles e inteligentes que nos tenían entretenidos horas y horas mientras caminábamos despreocupadamente. Recuerdo que mis reflexiones profundas sobre la vida, nos daban pie para iniciar un largo debate que disfrutábamos desgranando indefinidamente. Cuántas veces hemos revivido cómo nos conocimos, la suerte que tuvimos de encontrarnos y qué milagro que todo confluyera para estar hoy aquí, justo en ese punto del camino.





Una primera piedra parecía salvable. Dolió y mucho, eso sí. Los dos nos paramos, nos lamentamos y continuamos. Sólo era una primera piedra, a partir de ahora todo irá mejor, nos dijimos. Pero no fue así. A una primera piedra le siguió una segunda piedra, y a esta otra, una más. Y así hasta llegar a un tronco cruzado en el camino que costó mucho de superar. Tú lo viste como otro obstáculo más y me esperabas al otro lado confiado en que lo salvaría.
Y yo te miraba y pensaba, por qué? Por qué tengo que seguir? Por qué no me vuelvo a casa? Por qué no vamos por otro lado? Por qué es este el camino a seguir? Me ha parecido ver otros caminos más fáciles. Por qué decides tú cual es el camino? Por qué no decido yo esta vez? Mi obsesión por entender las cosas, por entenderte a ti, por entender tu motivación. Qué hubiera pasado si esa vez me hubiera parado a entenderme a mi? De verdad hubiera seguido?
Y crucé a regañadientes el tronco y sé que ese fue el principio de la brecha que ahora nos separa. Esa brecha que hace que tú estés arriba de la siguiente montaña y yo todavía esté por subir, que nos separan dos jornadas de viaje y aunque nos vemos en la distancia y sabemos que el otro está ahí, seguimos yendo a ritmos diferentes.
Dijiste que me esperarías, dijiste que vendrías a por mi, pero sigues avanzando y me has dejado atrás. Ya no te interesa saber cómo me encuentro, no te interesa saber si soy capaz de seguir, ni siquiera vuelves a por mi para cogerme de la mano y ayudarme a caminar a tu lado. Dudo que ni tú sepas ya cual es nuestro objetivo. Has decidido que tienes que llegar, sea conmigo o sin mi. Claro que te gustaría que fuera conmigo pero ya no creo que sea importante si llego viva o muerta. El objetivo ya se ha grabado en tu mente, desde hace ya más de dos años, y no va a cambiar. En eso consiste la mentalidad de titán.
Y cada día que pasa y que veo alejarte un poco más, me pregunto si debería plantarme ya aquí. He disfrutado muchísimo de los momentos buenos del trayecto. Me he recreado con cada una de las diferentes flores que he encontrado por el camino. Hasta les he puesto nombres, las he hecho muy mías. Crisanteamo, Rosamorte, Nomedejes y tantas otras. De una en una han ido apareciendo en sitios insospechados y he ido haciendo una colección de ellas. Ya tengo todo un catálogo de flores disecadas que un día estuvieron vivas, muy vivas y con colores vibrantes. Cómo me he recreado en ellas!!
Recuerdo la primera vez que me dijiste te amo y cómo atesoré ese momento de felicidad absoluta. Era tanto lo que nos unía!! Tanto lo que sentíamos el uno por el otro!
Recuerdo nuestra primera discusión, una de esas de verdad, de las que hace tambalearse todo. Una novedad para nosotros que hasta ahora habíamos sabido solventar nuestras diferencias a base de respeto, comunicación, amor y confianza. Una de esas discusiones que aunque te regalen una flor y todo parezca igual, se crea una herida y muere un trocito de la ilusión, de la confianza y de ti mismo.
Y qué decir de esa pequeña Nomedejes que encontré oculta en la base de un árbol, tan pequeña, tan pura y tan frágil que corrí a enseñártela en cuanto la descubrí. A la primera que vimos le prestaste atención. Qué flor tan delicada! Trátala con cariño!, me dijiste. Y la que había aparecido puntualmente en el camino, se volvió más y más común y ya no le prestaste atención. Sí, una flor más como las anteriores! No te pares y continúa!
Han sido tantas, y todas muy especiales y valiosas. Cada noche desde que estamos separados, las contemplo, las admiro y me pregunto si ha valido la pena hacer todo este camino para poder llegar a ellas. Si aunque mañana decidiera volver a casa, sin siquiera despedirme de ti, mereció la pena todo ese esfuerzo con tal de haberlas visto al menos una vez en la vida.